Sobre el descenso de William Carlos Williams

Clara Freire

Hemos llegado hasta aquí.

¿Seguiremos?

¿Nos llenará de miedo esa imagen del declive?

¿Nos permitirá agarrarnos al quicio

de alguna ventana?

¿Caeremos?

No le temo al descenso,

en el también habrá gozo y paz.

Te encontraré.

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“Derechos reversibles”

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Somos el camino desde donde venimos. Así nuestra mirada del mundo. La película “Tres caras” del director iraní, Jafar Panahi, me trajo a mi camino. Al camino que me llevó desde Caracas a la sala del cine Golem en Madrid. Y mi mirada se llenó de advertencias, no tanto por las tres caras femeninas de la película, si no por los derechos reversibles a los que alude. Esa frase derechos reversibles suena a mazo en el cerebro de aquellos, que como hoy los venezolanos, han perdido sus derechos, los derechos que creemos por siempre, infinitos: el derecho a estudiar, a ser actor o actriz, a disentir, a ser mujer, a entrar y salir libremente de nuestro país, a tener una identidad, a no escondernos, el derecho a la modernidad, a los servicios, a tener un hogar, a estar en familia. En fin, exilio e insilio son dos  caras perversas de la misma moneda.

La Serenísima

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La Serenísima es un lugar agobiante, ya lo establecen así sus cárceles donde un prisionero al entrar podía creer que nunca más saldría, o sus calles llenas de vericuetos que no llegan a ninguna parte,  una entrada puede no tener salida, edificios viejos pueden albergar sinagogas hermosas sin que el que pasee por la calle se percate de ello. Llena de turistas que pasean por sus canales con un “gondoliere” un poco aburrido de su trabajo y admiran la Plaza San Marco y su Catedral. Venecia tiene una cara para los turistas que como decía Colin siempre se pierden, y que continúan divagando tratando de encontrar el ritmo de una ciudad que se escapa al visitante, porque son sus vacaciones. Ian McEwan comienza “El placer del viajero” describiendo la ciudad, adentrándonos en esa soleada lúgubres que pude percibir cuando conocí a Venecia.No nos dice en ningún momento el nombre de la ciudad, la describe, y la hace personaje partícipe de la trama. Una ciudad a la que ellos, Colin y Mary, llegan desde lo que parece un mundo ingenuo y al que McEwan contrapone un mundo sórdido,tal vez, y solo tal vez, por ello Venecia.

Las primeras cuarenta páginas del libro confunden, envuelven en la bruma. Las últimas noventa llevan al horror de la condición humana. La bondad y la mirada franca no son siempre una pared en contra de la maldad. La inteligencia y la razón no siempre nos permiten proteger a quienes amamos. La confianza en que el mal no puede estar tan alcance de la mano nos hace ingenuos. Venecia y sus habitantes se cobran la visita. Ya tarde Mary descubre que detrás de sus canales la ciudad, como desde tiempo antiguos, contenía una “burocracia floreciente y complaciente” y que lo sucedido “era corriente dentro de una categoría bien establecida” y que la constatación de la maldad es una cuestión de todos los días

IPHONE Agosto 2015 1056

Escaleras al cielo

Distraída. Pensativa. Tomaba un té mientras miraba la gente pasar por la calle. Le daba la espalda a la barra y a las mesas del café. De pronto sentí una voz, un acento que me pareció de Colombia. Alguien que hablaba con otro por el móvil y le pedía instrucciones. Le decía qué si le ponía algo en la boca, preguntaba si había que quitarle la chaqueta. Subía la voz para pasar las instrucciones. Volteé a ver qué pasaba, logré ver a algunas personas paradas alrededor de un espacio en el piso que yo no lograba ver. Allí estaban las chicas del café llamando también por teléfono. De pronto, abrieron las dos puertas del café, el frío del otoño entró, el paisa salió, volvió a entrar, preocupado, ocupado,resolviendo, volvió a alzar la voz para decir que ya estaban aquí. Vi como la ambulancia del SAMUR se estacionaba frente a la puerta. Se bajaron los para-médicos. Mi amigo, el paisa, entró de nuevo y le dijo a un hombre que estaba cerca que no lo fuera a dejar solo. Y se fue. No era amigo de Sergio. Era un héroe anónimo ayudando a otro. Los para-médicos entraron y las personas abrieron el espacio.Por un momento vi unos pantalones negros, y un ruido seco y bronco que salía del espacio donde se habían puesto los para-médicos. Los curiosos fueron yéndose, entonces pude ver a Sergio, así lo llamó el para-médico, vestido todo de negro, pantalón, franela, zapatos, con un color cetrino, mal aspecto, la mirada perdida. Los para-médicos seguían haciéndole preguntas con él ya sentando. Aún quedaba acompañándolo un hombre de jersey color rosa. Nadie llegaba para ayudar a Sergio. Ni un amigo. Nadie preguntaba si llamaban a alguien. Sergio tampoco pedía que llamaran a nadie. Me pregunté qué sería de Sergio sin mi amigo el paisa. Me pregunté qué sería de mí en una situación como esa.Reconozco que Sergio, su ataque de epilepsia, y su soledad, no contribuyeron amainar la mía. La de alguien solo en un café cualquiera, de una ciudad cualquiera, donde no hay historia, ni camino, ni compañeros, ni padre, ni madre. Individuos anónimos, apátridas, con el hogar encima. Recogí mi abrigo y mi cartera. Fui al baño para ocultar un poco los ojos húmedos. Salí del café.  Caminando hacía el metro la muchedumbre de la calle me llevaba un poco a rastras. Al entrar en el subterráneo un músico ambulante tocaba en su guitarra, “Escaleras al cielo”. No podía ser de otra manera. Le di una moneda y sentí que la guitarra sonaba con más potencia.Tal vez solo fueron ideas mías. Necesidad de sentir alguna humanidad conectada.En el vagón del metro un anciano con la mirada perdida me recibió en el vagón.Mientras el tren me llevaba a mi estación de destino pensé que había finales que no quiero tener. Derrotas que me quiero ahorrar. Caminos que no quiero transitar. Ya afuera en el frío, en la calle llena de árboles y algo húmeda que me lleva al piso donde habito, un llanto sordo salió de mi garganta. El grito de un animal herido para el que no hay regreso a casa.

¿Quién me dará una vela por cada uno de los años muertos?

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Una vela por cada uno de los años muertos
sería una hermosa hoguera,
dormiría a su calor,
vería las llamas danzar contando mis historias,
y tal vez un hombro cálido y una mano amiga.

 

Una vela por cada uno de los años muertos
traería paz,
calentaría la cama,
y tal vez un cuerpo no ajeno sino mío
compartiría en silencio esas historias.

¿Quién me dará una vela por cada uno de los años muertos?