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La ventana de enfrente

Vivo en un ático. Mi vista hacia el mundo exterior es el cielo de Madrid y las ventanas desvencijadas de mis vecinos del edificio trasero. Hace un par de semanas comencé a escuchar los gritos lastimeros de un animal. Eso coincidió en mi memoria con la mudanza al apartamento de ventanas desvencijadas de una familia asiática. Con esa liviandad de criterios del que hacemos uso más veces de las que nos confesamos fueron catalogados como los “chinos” de enfrente. Por lo que volviendo a usar ese criterio ancestral del “Dios Sol”, la “Diosa Luna”, o lo que es igual la unión primitiva de casualidades convertidas en verdades, decidí que los gritos lastimeros provenían de la casa de los “chinos” quien seguramente estaban criando algún animal raro como un cerdo para comérselo. Mi indignación principal debo reconocer no era que se comieran al cerdo, si no que lo maltratasen. Estuve por semanas convencida de que torturaban al pobre animal, que de cerdo pasaba a ser cualquier otro en mi imaginación. Y así pasaron los días, yo culpando a los chinos, y sufriendo indecible por la decisión entre llamar a la policía para denunciarlos por maltrato o ver porque vía me enteraba de lo ocurrido, incluyendo asomarme subrepticiamente por la ventana a, tengo que reconocerlo, espiar a la china sin ningún descaro y con la convicción y firmeza moral de quién está haciendo una buena acción y eso la exime de toda equivocación.

Tocan el timbre, mi casero con alguna factura, ya no recuerdo, se oye el ruido “lastimero” del animal encerrado donde los chinos, y no pierdo oportunidad de preguntarle a mi casero si él había escuchado esos “nuevos ruidos horribles” que ahora resonaban en nuestro aristocrático edificio, sin chinos, por supuesto. Mi casero en las primeras de cambio no entendió de qué hablaba, por supuesto, yo le repetí, no fuese que con la edad no entendiese lo que yo le decía, o tal vez, por mi acento latino:
– si, vale, ese ruido horrible.
-Ahhhh, eso -contesta mi vecino en un tono más bien despectivo, sin ningún asombro y, por supuesto, sin la sombra de ningún animal mitológico siendo despellejado vivo.
– Eso -me dijo bajando la voz- son los del cuarto, tienen una Urraca, y por temporadas se le da por chillar.
– De verdad – aún repetí. Así somos los seres humanos cuando creemos tener la verdad sobre nuestras mitologías.
– Si, sí, claro…y han tenido unos líos con los del quinto, -me aclaró. Qué suerte que somos del sexto, pensé yo.

Total que ahora estoy convencida de que los “locos” del cuarto le están enseñado a hablar a la urraca que me sigue atormentado ya no con gritos lastimeros si no con un sonido que por momentos me parece “maaamaaaaaa”, y por momentos Claaaraaaa. Por supuesto sigo pensando todavía en denunciarlos, ahora a los del cuarto, pero creo que no hay ley jurídica, no meten preso a nadie por estúpido, que impida tener a un pájaro, cualquier tipo de pájaro, encerrado en una jaula. Mi reflexión me lleva a pensar que no debería ser lo mismo tener a un canario que a una urraca pero supongo que eso sería discriminación para los encerrados, o sea, si a uno lo encierran por lindo y cantarín, a otro que lo encierren por feo y chillón pues que también se pueda.

Conclusión no tengo. Cada cual concluya en su propia locura particular lo terrible que podemos ser los seres humanos, aunque pensemos que somos civilizados, cultos, estudiados y cosmopolitas. La urraca, que no se la deseo de vecino, arrasó con todo eso. Ni en uno mismo se puede confiar.

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