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Una vida en tres días. Cuanta tristeza. La buena costumbre de Cines Renoir de no prender las luces hasta que acaban los créditos me permitió recomponerme para volver a la realidad – se había terminado “Una vida en tres días” o “Labor Day” -. De lo que no me salvó fue del ojo avizor de mi hija adolescente que aprovecho para decirme: – Mamá es que lloras por todo. Cómo contradecirla. Había aumentado mi larga lista de amores. Frank pasaba a ser junto con Rhett, Rick, Zhivago, Jack y Noa objeto de mis fantasías. Lo único que diferencia a Frank de los otros es el lugar de donde viene. “Lo que el viento se llevo”, “Casablanca” y el “Dr. Zhivago” pertenecen a esa generación de películas que “han hecho llorar a generaciones”. No hay duda. “Titanic” en 1997 igualó a Ben-Hur como la película más premiada en los Oscares. Obtuvo 11 estatuillas. Y aunque El Diario de Noa no alcanzó tales proporciones -el año de su estreno, 2005, la Academia no le otorgó ninguna nominación. Eso no amedrenta a la serie de seguidores incondicionales que la catalogan como “una de las mejores historias de amor”. No sabemos si los detractores de Nicholas Spark, escritor y guionista, estarán de acuerdo. Pero eso no parece importarle a nadie. En estos predios Frank es un advenedizo. “Una vida en tres días” no fue considerada una gran película. La crítica la trató tímidamente y con críticas mixtas. Aunque los premios Golden Globes nominaron a Kate Winslet como mejor actriz dramática ese año por esa película.

¿Una historia de amor? Una historia. La trama de una película que puede ser contada en una oración. Un hombre y una mujer ante situaciones extremas desarrollan emociones profundas. Lo extraordinario de Jatson Reyman, su director, es la capacidad de contar esas historias simples y volverlas un mundo complejo de emociones: “Juno”, “Gracias por fumar”, “UP in the Air”. “Labor Day” o “Una vida en tres días” habla de miedos, depresiones, sueños incumplidos, esperanzas rotas, la vida llena de malos entendidos. En otras palabras, solo habla de la vida. La vida contada a través de un niño que mira a su madre. La película llega a nosotros desde una doble mirada: la del niño que viendo a su madre traduce la vida y la necesidad de escoger el camino que seguirá la suya. Lo masculino tratando de entender lo femenino, y, tratando de entender como ejercer la masculinidad en ese frágil mundo de las mujeres, de ciertas mujeres, y de ciertos amores. El final cuando la pantalla dice “The end” no es agrio. Pero encuentro dos finales, ese que nos podemos imaginar feliz o triste, y ese momento en la vida en que debemos decidir qué somos, qué debemos hacer y qué haremos con lo aprendido. Éste final es triste, doloroso, y nos eleva de la mediocridad de los sentimientos simplones y las decisiones sin sostén. Un aplauso a Kate Winslet y mi debilidad por Josh Brolin. Su actuación revela todo la fuerza de decidir a favor de lo correcto en los momentos en que quisiéramos quebrarnos. !Bravo!

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