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Vivo tu ausencia.
Siento tu soledad como propia.
Me envuelvo en tu desolación.
Me hago partícipe
de tu falta de fe.
Creo en tu desesperanza.
Me entristezco con los jirones
de la vida que arrastras
cual fantasmas encadenados
a tu cama.
Leo en tus ojos los recuerdos
que te llevan a otros tiempos,
a otros sabores, a otras vidas,
a esas experiencias que te marcan,
que no te dejan.
Siento en mi corazón los
tiempos antiguos.
Puedo ver en tu oscuridad,
en las sombras de tu alma.
Me siento sin fuerzas y sin
palabras para pelear.
No puedo librar una batalla
en contra de la memoria muerta
de antiguas batallas perdidas,
del dolor del tiempo no vivido
y perdido.
Solo puedo darte la mano para brincar
hacia el sol, hacia la incertidumbre
de la esperanza, hacia la fe
aunque venga con duda.
Solo puedo poner mi corazón en la
balanza de la vida
y esperar tiempos mejores.
No puedo librar batallas viejas
que solo existen en la imaginación
desolada del dolor de lo perdido.
Puedo acompañarte a pelear
nuevas batallas, a vivir
nuevas aventuras, a volver a
caminar por ese sendero
que ya otros más valientes
que nosotros decidieron
transitar.
Puedo imaginar.
Vivir
la hermosura de lo imaginado.
Constatar el sueño hecho realidad.
Pero no te acompaño en la remembranza
de tus batallas
perdidas.
Te dejo solo, en tus miedos al futuro.
No quiero tu incertidumbre, ni tus dudas.
Solo te puedo dar la mano que trae
lo cálido, y se lleva lejos el desamor.
Te abandono a tu desesperanza.
Le digo, adiós.
CFDSC04058

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