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No la invito pero ella insiste en acompañarme.
Me abraza al calor de la cama.
Me cierra los ojos a las decisiones matutinas.
Me envuelve en el hálito cálido del entresueño
donde toda realidad puede ser hermosa.
Se me olvida el hambre, la sed, las ganas de bañarme,
el sol, los ruidos de la calle, el ulular del viento entre los árboles,
el café, los bizcochos, los hijos, la vida, los amigos.
Me aprieta el corazón…
Trago duro y respiro.
La dejo arropada entre las sábanas.
– Ya volveré, le digo.
Por los momentos, voy a ponerme al sol.

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