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Ejercicio del Resentimiento

Tengo una resaca de edulcoramiento acerca de la bondad. Seamos mejores personas. Olvidemos. Perdonemos. Si no te aman sigue adelante llegará la persona correcta. Si te equivocaste levántate, todos cometemos errores.
El dolor es parte del crecimiento…y una mierda. Seguro que podría poner miles de frases similares. Estas son las que recuerdo en este momento.

¿Pero qué hay del odio?
hay que odiar, hay que tener rabia, hay que encarar el hecho que el otro era un loco, una mala persona, un desgraciado, que si desaparece de la faz de la tierra le haría un favor al mundo.

Creo que tengo un hartazgo de bondad.

Lorenzo se fue con su recepcionista 20 años más joven. ¿Tengo que perdonarlo? Coño, no. Deseo verlo como lo vi, haciendo las mismas cosas imbéciles de hace diez años. A mis amigos “newyorkers” espero verlos disfrazados de San Nicolás pidiendo limosna en alguna esquina de la gran manzana. A Bernardo lo quiero ver más pobre y mas desbaratado aún, que esa pátina de hombre y profesor incólume se caiga y revele al atropellador de mujeres que se esconde detrás, al abusador, al vividor, al maltratador, al chulo mentiroso capaz hasta de dar el culo por dinero.

Quiero darme permiso para odiar. Entre la violencia de mi padre y la sumisión agresiva de mi madre he pensado que lo correcto es ser bueno. No me permito ser “mala”. No puedo ya con eso. Necesito ser coño de madre, cuaima, perra, maldita, no puedo con mi bondad.

¿Por qué no puedo odiar?

Me pregunto ¿por qué no reivindicar a las mujeres que les tiran los trapos a los hombres por el balcón? Yo no hice eso. Le doblé toda la ropa en una maleta que había tenido que comprar en el mostrador de Continental en uno de mis múltiples viajes ante la insistencia de una azafata envidiosa y malavenida que me increpaba por los tres kilos de más en ropa vieja que llevaba. Cuando llegó a buscar su ropa, le pedí que esperara en la sala. Fui al cuarto. Lloraba cada vez que doblaba una camisa, un pantalón, un sweater. Me invadía la desesperación, y entonces lo arrugaba, y lo colocaba desarreglado dentro de la maleta. Volvía el llanto al ver lo que había hecho, lo sacaba de nuevo de la maleta, lo doblaba con cuidado y lo volvía a guardar, muy bien doblado. ¿Por qué? Porque mi grandeza de corazón, mi honestidad moral decía que yo tenía que ser una buena persona. Que fiasco. Descubrir al monstruo que había detrás de la puerta y que la gente me creyera me hubiera salvado de tanto estrago en el alma, me hubiera defendido de la cercanía con la muerte, aunque la defensa hubiese sido el “escándalo” de lanzar la ropa por el balcón o descubrir al farsante ante la próxima víctima

Enviado por Clara Freire a Café de Papel

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