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La falta de amor a la humanidad. ¿Con qué se come eso? En otras palabras, qué significa esa frase para el ciudadano de a pie, para el común mortal para quien vivir es tan solo amanecer.  ¿Qué significa para nosotros vivir con amor a la humanidad? ¿Pensar en el prójimo? ¿Vivir según cierta ética? ¿Ser tolerantes con otros, tanto como lo somos con nosotros mismos? ¿O, tal vez, oír al otro con un sentimiento más altruista que el fastidio, la conveniencia, o las buenas maneras? ¿Qué significa para nosotros, humanidad atiborrada por ansiolíticos, Prozac y pastillas para conciliar el sueño, querer al otro? Villoro dice que las tareas humanitarias no admiten sustituciones. Yo le agregaría, que tampoco pueden quedar para después. El amor no se puede dar, ni recibir, a la hora que nos convenga, sino en el momento en que toque a la puerta. ¿Estamos preparados para recibirlo de esa manera? En el cuento de George Wells, “La puerta en el muro”,  cada vez que al protagonista se le presentaba la puerta del jardín del paraíso se encontraba muy ocupado para entrar, al final, nos queda la duda si lo encontró o no: “El jardín mágico es uno de esos lugares que sólo se hallan cuando no se les busca” ¿Hallaremos nosotros nuestro camino a la realidad, la ética, que nos permita “vivir” en nuestra imperfección?

 

Cómo lograr vivir con ética, o, por lo menos, con honestidad ha sido un tema abordado desde Sócrates hasta Sabater, este último nos recuerda que siempre tenemos “la capacidad de elegir” y que debemos vivir bajo ciertos principios éticos que nos permitan escoger el mejor camino a seguir. Mi buen amigo, el Dr. Landaeta, siempre proclama: “Has lo que desees (entendiendo el deseo como la búsqueda de la alegría) mientras no te dañes a ti mismo, ni dañes a otro.” ¿Un tratado de la alegría? Algo difícil para nosotros que, como occidentales, hemos crecido marcados bajo el signo del sufrimiento como premio para alcanzar la felicidad en una vida más allá de esta. Lejos está Omar Khayyam y su Rubaiyat, diciéndonos: “Levántate y olvida este efímero mundo. Alégrate, aprovecha cada instante de gozo”. El dolor puede ser necesario en ocasiones,  pero nunca bueno. La alegría vive dentro de nosotros mismos. Una proeza bastante difícil para una humanidad que, en este momento, sólo encuentra consuelo en la gratificación inmediata, social y corpórea de sus propias necesidades. ¿Una crítica? De ninguna manera. La belleza forma parte de lo hermoso de la vida, pero la gratificación inmediata como forma de no encarar nuestra propia imagen en el espejo sólo conduce, a la larga, a la depresión como forma absoluta del alma para encontrar el camino hacia sí misma o hacia la muerte;  y/o peor: a la banalidad como forma de vida sin expresión del alma. ¿Qué es peor? Prefiero, en lo particular, el dolor como parte del entendimiento, a la banalidad como forma de muerte.

 

¿Por qué la depresión?  ¿Cómo llegamos a ella? ¿Es la depresión una forma de desamor a nosotros mismos? ¿Es un camino previo a la muerte? ¿Qué es la muerte entonces, un castigo a la liberación de esta vida? Prefiero la muerte como el proceso final de la vida, y  no como la liberación de ella. Llegamos a la depresión, dicen los psicólogos, después de grandes pérdidas, por supuesto, lo de grandes pérdidas lo define cada cual. Pero qué es la depresión sino la perdida de la alegría máxima,  cuyo significado es la conexión de ti mismo con la  vida, o con el amor. No hablo de la tristeza. Esa alerta para enfrentar el dolor y el fracaso, la cual es bienvenida como armadura que nos ayuda a construir una barrera de alegría para sobrevivir. Hablo de la depresión profunda, de esa que dicen que es orgánica,  la que te diagnostican cuando existe un aumento en  una enzima llamada Mono Amino Oxidaza. ¿Qué llegara primero? La pérdida profunda o el aumento enzimático. ¡¿Quién sabe?!

 

En mi propia experiencia, casi me atrevo a afirmar, sin ninguna tesis psiquiátrica cerca, que ambas deben confluir para que una situación determinada se transforme en una enfermedad paralizante. Una enfermedad que consume a mucha gente, que te obliga a permanecer en tu cama peleando en contra de la esclavitud que con grilletes te amarra a la pared y no te deja moverte, consiguiendo tan solo lacerarte las muñecas. Esa enfermedad que te separa de tus seres queridos, de tu cotidianidad, que te asusta, que te hace pensar que el exterior es un universo de terror inacabado. Esa que pierde tu mente y te hace ver dentro de ti el hilo delgado entra la locura y la razón, pero sólo dentro de ti. No le puedes gritar al mundo que lo ves, porque no tienes palabras para hacérselo saber. Es un grito desde los pulmones, pero un grito sin sonido. Es el horror de morirse internamente para luego reconstruir la vida, poco a poco, sobre campos aún humeantes, grises y desolados. Comenzando con dejar que las llamas terminen de apagarse, los edificios de caer. ¡Derrumbar, derrumbar y derrumbar! Luego, desechar. Después, ver como el milagro de la vida, la primera rama verde, se cuela entre ese campo yerto y ardiente y aparece la flor del cerezo, el fénix que muere y resucita. Eso es la depresión del ser humano común: el no entender que necesita su humanidad. Que necesita tolerancia, sabiduría, alegría, y capacidad para recibir amor con humildad. Debemos aceptar la locura, la estupidez, la insanidad y la maldad para poder reconocerla, y así,  vivir sin ella. ¿Cómo hace el ciudadano de a pie su propio decálogo? Mi respuesta: Honrando la muerte para ganar la vida con alegría.

 

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