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Durante el Taller de Crónica que cursé en la Casa Rómulo Gallegos en Caracas, Roberto Echeto, nuestro profesor, nunca se cansaba de repetirnos que uno escribía de lo que a uno le daba la gana, que se podía escribir de lo que se quisiera, y así vimos crónicas de viajes, de comidas, de ciudades, de libros, de canciones y música. Allí venía Roberto todos los martes con su cargamento precioso de nuevos libros.  Sentada en el espectacular teatro que es el “Teatro Auditorio San Lorenzo de El Escorial” entendí. El Hong Kong Ballet es un cuerpo de baile, formado según dice su reseña, por alrededor de 40 bailarines que ya hoy sobrepasan las fronteras de su origen y tiene en su seno a artistas de todas partes del mundo, y de razas y colores diferentes.

Las dos primeras piezas del programa “Sacred Thread” y “Shape of Glow” muestran una técnica exquisita, un cuerpo de baile que se mueve al unísono como si fueran uno, un movimiento perpetuo que pasa de un cuerpo a otro sin nunca detenerse. Un par de obras, sobre todo la última, hechas para un cuerpo de baile que es un cuerpo en movimiento donde todas sus partes encajan. Pero es en la última, que fue la primera que vimos, donde el “Hong Kong Ballet” demuestra su fuerza. Uno escribe bien de lo que sabe, decía Roberto, una baila, vuela y siente aquello que es de uno. El Hong Kong Ballet simplemente apabulla cuando interpreta “Shenren Chang (La armonía entre los dioses y los hombres)”. Es allí en esa melodía ancestral china utilizando uno de sus instrumentos más antiguos el guqin, o cítara china, donde este ballet revela que lo que mejor hacemos es aquello que mejor conocemos, que el aprendizaje, el conocimiento o la técnica debe ser llevado dentro de la esencia de lo que somos.  “Shenren Chang” es un acto de amor y una contribución a la danza.

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