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Perdemos la capacidad de sufrir con el paso de los años. Junto con esa pérdida también se va el éxtasis del resurgimiento de la esperanza y del anhelo de felicidad.  Dolor y alegría  como caras de la misma moneda se diluyen con la aceptación de que cierto tiempo se acaba. El tiempo de la capacidad de renovación. Nos damos cuenta del implacable cuando ya no encontramos en nosotros el Fénix. En su lugar queda ese dolor duro y seco que acorta la respiración, y que permite un amago de sonrisa y mover los pies para formar la pisada. Seguimos vivos…ciertamente. Solo que de otra forma, a otro ritmo, de otra manera.

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