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La Rocola: esa mítica caja que tiene la magia de regalarnos sonidos. Quien no se ha visto atrapado, al toparse con una, por esa necesidad de ir a apretar el trío de botones que nos premiará con la canción escogida. En estos momentos, existen pocas o ningunas rocolas en los sitios que frecuentamos en nuestra citadina ciudad capital, Caracas. Puede ser que logremos ver todavía alguna en algún bar de pueblo, o de las antiguas parroquias caraqueñas, donde el dueño, atado a sus costumbres, todavía mantenga la mítica rocola en funcionamiento. En los últimos tiempos, muchos, sobre todo los más jóvenes, la han conocido en fiestas donde la anfitriona contrata a La Casa de las Rocolas, c.a. para que le alquile una Sinfonola Wurlitzer,  llena de discos con la música adecuada para el tipo de público que asistirá. Cosa impensable en los tiempos de mi infancia, donde me escapaba con mi moneda de un Bolívar al Resturante Brillante en La Guaira, justo al lado del de mi padre, para introducirla en aquella caja, que a mí se me antojaba mágica, ante aquella coincidencia de meter una moneda por la ranura y que sonara una canción. Eran cuatro por un bolívar. Dada mi corta edad, las canciones que sonaban eran las que el azar de mis dedos encontraba. Por lo general,  canciones del amplio repertorio del bolero y la música ranchera mexicana.  Así, que crecí, como muchos otros, acompañada por la voz de los grandes intérpretes mexicanos, como: Jorge Negrete, Pedro Infante, Javier Solís, Miguel Aceves Mejías, y por supuesto, la gran Lola Beltrán.

La  canción ranchera comienza su expansión en México a raíz de la guerra de independencia, y llega a su máximo esplendor en los años cincuenta de la mano de José Alfredo Jiménez y las grandes voces mexicanas del momento. Esta música ranchera tradicional, autóctona de México, se une con el Bolero, género que remonta sus orígenes en España, pero que encuentra su cuna en Cuba, para dar paso a lo que los entendidos llaman el Bolero Ranchera.

De todo ese amplio repertorio de canciones existe una: “Si nos dejan”, acompañante de imborrables momentos. Letra y música de José Alfredo Jiménez, considerado uno de los más grandes y profusos compositores mexicanos de música ranchera. Quién en su momento no ha cantado: “El Rey”, “Tu y la Nubes”, “No me amenaces”, “Amanecí en tus brazos”, “Un mundo Raro”, “La media vuelta”, “Te solté la rienda”. Y por supuesto, estrofas como esta: “Si nos dejan, nos vamos a vivir a un mundo nuevo. Yo creo podemos ver el nuevo amanecer de un nuevo día”.

Muchos artistas mexicanos e internacionales han grabado las canciones de Jiménez: Lucerito, Vicky Carr, Rocío Durcal, Alejandro Fernández, Pedrito Fernández, y hasta el tenor, Placido Domingo. Algunos tienen adaptaciones maravillosas a nuevos ritmos, como la que hace MANA en su álbum Unplugged de la canción: “Te Solté la Rienda”. Sin lugar a dudas, la canción mexicana y, por ende, el bolero ranchera resurgió en los años noventa de la mano de Luis Miguel, con los álbumes: “Romance”, “Segundo Romance”, y “Luis Miguel en Concierto”.  Este último grabado en vivo en 1995 y cuya gira promocional tuve la oportunidad de escuchar en Caracas, en el Estadio de Béisbol de La Rinconada, acondicionado para recibir al  que suelen llamar, el astro de la canción azteca. Allí, sentada en la Torre de Sonido por cortesía del Ingeniero de Sonido Análogo del Concierto, amigo de muchas noches en la Nueva York de estudiantes,  ubicada enfrente de la tarima, seguramente en la zona más privilegiada de todo el lugar, pude sentir más que escuchar, como Luis Miguel, cantaba: “Si nos dejan buscaremos un rincón cerca del cielo”. Esa noche, solo para mí.

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