Distraída. Pensativa. Tomaba un té mientras miraba la gente pasar por la calle. Le daba la espalda a la barra y a las mesas del café. De pronto sentí una voz, un acento que me pareció de Colombia. Alguien que hablaba con otro por el móvil y le pedía instrucciones. Le decía qué si le ponía algo en la boca, preguntaba si había que quitarle la chaqueta. Subía la voz para pasar las instrucciones. Volteé a ver qué pasaba, logré ver a algunas personas paradas alrededor de un espacio en el piso que yo no lograba ver. Allí estaban las chicas del café llamando también por teléfono. De pronto, abrieron las dos puertas del café, el frío del otoño entró, el paisa salió, volvió a entrar, preocupado, ocupado,resolviendo, volvió a alzar la voz para decir que ya estaban aquí. Vi como la ambulancia del SAMUR se estacionaba frente a la puerta. Se bajaron los para-médicos. Mi amigo, el paisa, entró de nuevo y le dijo a un hombre que estaba cerca que no lo fuera a dejar solo. Y se fue. No era amigo de Sergio. Era un héroe anónimo ayudando a otro. Los para-médicos entraron y las personas abrieron el espacio.Por un momento vi unos pantalones negros, y un ruido seco y bronco que salía del espacio donde se habían puesto los para-médicos. Los curiosos fueron yéndose, entonces pude ver a Sergio, así lo llamó el para-médico, vestido todo de negro, pantalón, franela, zapatos, con un color cetrino, mal aspecto, la mirada perdida. Los para-médicos seguían haciéndole preguntas con él ya sentando. Aún quedaba acompañándolo un hombre de jersey color rosa. Nadie llegaba para ayudar a Sergio. Ni un amigo. Nadie preguntaba si llamaban a alguien. Sergio tampoco pedía que llamaran a nadie. Me pregunté qué sería de Sergio sin mi amigo el paisa. Me pregunté qué sería de mí en una situación como esa.Reconozco que Sergio, su ataque de epilepsia, y su soledad, no contribuyeron amainar la mía. La de alguien solo en un café cualquiera, de una ciudad cualquiera, donde no hay historia, ni camino, ni compañeros, ni padre, ni madre. Individuos anónimos, apátridas, con el hogar encima. Recogí mi abrigo y mi cartera. Fui al baño para ocultar un poco los ojos húmedos. Salí del café.  Caminando hacía el metro la muchedumbre de la calle me llevaba un poco a rastras. Al entrar en el subterráneo un músico ambulante tocaba en su guitarra, “Escaleras al cielo”. No podía ser de otra manera. Le di una moneda y sentí que la guitarra sonaba con más potencia.Tal vez solo fueron ideas mías. Necesidad de sentir alguna humanidad conectada.En el vagón del metro un anciano con la mirada perdida me recibió en el vagón.Mientras el tren me llevaba a mi estación de destino pensé que había finales que no quiero tener. Derrotas que me quiero ahorrar. Caminos que no quiero transitar. Ya afuera en el frío, en la calle llena de árboles y algo húmeda que me lleva al piso donde habito, un llanto sordo salió de mi garganta. El grito de un animal herido para el que no hay regreso a casa.

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