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La Serenísima es un lugar agobiante, ya lo establecen así sus cárceles donde un prisionero al entrar podía creer que nunca más saldría, o sus calles llenas de vericuetos que no llegan a ninguna parte,  una entrada puede no tener salida, edificios viejos pueden albergar sinagogas hermosas sin que el que pasee por la calle se percate de ello. Llena de turistas que pasean por sus canales con un “gondoliere” un poco aburrido de su trabajo y admiran la Plaza San Marco y su Catedral. Venecia tiene una cara para los turistas que como decía Colin siempre se pierden, y que continúan divagando tratando de encontrar el ritmo de una ciudad que se escapa al visitante, porque son sus vacaciones. Ian McEwan comienza “El placer del viajero” describiendo la ciudad, adentrándonos en esa soleada lúgubres que pude percibir cuando conocí a Venecia.No nos dice en ningún momento el nombre de la ciudad, la describe, y la hace personaje partícipe de la trama. Una ciudad a la que ellos, Colin y Mary, llegan desde lo que parece un mundo ingenuo y al que McEwan contrapone un mundo sórdido,tal vez, y solo tal vez, por ello Venecia.

Las primeras cuarenta páginas del libro confunden, envuelven en la bruma. Las últimas noventa llevan al horror de la condición humana. La bondad y la mirada franca no son siempre una pared en contra de la maldad. La inteligencia y la razón no siempre nos permiten proteger a quienes amamos. La confianza en que el mal no puede estar tan alcance de la mano nos hace ingenuos. Venecia y sus habitantes se cobran la visita. Ya tarde Mary descubre que detrás de sus canales la ciudad, como desde tiempo antiguos, contenía una “burocracia floreciente y complaciente” y que lo sucedido “era corriente dentro de una categoría bien establecida” y que la constatación de la maldad es una cuestión de todos los días

IPHONE Agosto 2015 1056

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